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2. Ante la guerra capitalista, la revolución integral
2. Ante la guerra capitalista, la revolución integral
Descripción:

Intervención de Marcelo del centro Social Ruptura: Cómo pensar el instante de peligro actual, lo que quiere decir, cómo detener la guerra, preguntas que no se puede responder sin otras preguntas, cómo nos emancipamos, cómo desplegamos actos revolucionarios, cómo ser revolucionarios y rebeldes. Una y otra vez repetimos que nuestras resistencias y nuestros procesos de organización no los podemos concebir al margen de la guerra capitalista, patriarcal, colonial y estatal que estamos viviendo, y que con el paso de tiempo se está recrudeciendo. Repetimos una y otra vez que para detener la guerra debemos liberarnos de la dominación y la explotación. Pero en la actualidad parece que cada vez más militantes caemos en la actitud conformista que sostuvo la socialdemocracia frente al fascismo y nazismo, actitud que denunció y repudió Walter Benjamin, cuando planteó que habían caído en una pereza del pensamiento al creer que nadaban con la corriente y sólo era cuestión de tiempo para que se presentara la anunciada situación revolucionaria. Ahora no pensamos que nadamos con la corriente, ni coincidimos explícitamente con la misma idea de progreso de la socialdemocracia. Sabemos que la situación ha estado empeorando y que cada vez será peor. Y justo la contraparte de la fe en el progreso y en el mejoramiento irremediable de nuestras fuerzas, esa dicha noción catastrófica donde pensamos que no hay salida, que estamos acorralados. El optimismo diletante y el nihilismo coinciden en la misma lógica política. Olvidan que la liberación depende de nuestras propias fuerzas que seamos capaces de crear. Olvidan lo que planteó Walter Benjamin que cualquier instante contiene sus oportunidades revolucionarias, puesto que cualquier oportunidad revolucionaria depende de nuestra acción política, la cual será enteramente nueva en tanto se nos presente un nuevo instante. El optimismo diletante y el nihilismo buscan soluciones externas para provocar las oportunidades revolucionarias: las crisis, los líderes carismáticas, los partidos, las vanguardias revolucionarias, las elecciones, los dirigentes, los articuladores. Se configura una práctica política que separan los fines de los medios. Y uno de los mecanismos más efectivos a lo largo de la historia donde se refleja la separación de los medios y los fines, es ver de manera separada la guerra y la revolución, creer que la solución de una no está interrelacionada con la otra. La guerra no es sólo un recurso del capital y el Estado para dominarnos. El capital y el estado son la guerra, son un devenir de guerra para dominar y explotar la vida. En este sentido, la revolución, la emancipación son el acto, son las prácticas y los imaginarios desde los cuales podemos obstruir la dominación, es decir, la guerra. Podemos, sin duda, pensar en abstracto, es decir, sin sentir vergüenza por nuestra complicidad, sin sentir dolor, rabia o necesidad de venganza, sin que nos provoque a actuar aquí y ahora que la guerra que comenzó el día que surgieron el patriarcado y gracias este el colonialismo, y gracias a estos el Estado, y sostenido por estos tres pilares el capitalismo, que esa guerra total contra la humanidad de la cual ya tienen mucho tiempo hablando los zapatistas, al día de hoy ha dejado, sólo en México, un saldo de decenas de miles de desaparecidos, varios cientos de miles de asesinados, decenas de miles de mujeres que son asesinadas y desaparecidas, y que ante lo nos vamos dando cuenta día con día está situación nos resulta aterradora; además, de una situación donde estamos ante cadáveres de territorios destruidos en beneficios de la acumulación y la ganancia. Cómo ese saber no nos ha empujado a organizarnos mejor y con más gente, por qué seguimos cayendo en conclusiones conformistas o desesperadas. Cómo es que ante este momento de peligro, los que terminan adquiriendo un lugar protagónico son los dirigentes y los aspirantes a tiranos, los radicales o los pacifistas. Todos, creación de las mismas relaciones de dominación para que perdamos la esperanza en nuestras propias fuerzas y capacidades. Si no creamos una fuerza colectiva capaz de inhibir y desarticular la guerra capitalista, si no creamos relaciones sociales que obstruyan la reproducción del dominio, si no creamos proyectos que permitan prescindir y dejar de depender del Estado y el capital, la guerra, esta tormenta que está encima de nosotras y nosotros nos va destruir. Pero esto también se puede quedar en buenos deseos, en algo que repetimos para no sentirnos tan culpables. Sólo podemos ser revolucionarios en el instante en que hacemos la revolución, la revolución son los instantes revolucionarios que abren y esbozan mundos nuevos, sin dominio ni explotación. Crear organización es tratar de re-crear nuestra vida desde lo colectivo, desde el apoyo mutuo, la afinidad, la complicidad y la afectividad. Hacer política emancipatoria es imposibilitar las jerarquías, es negarnos a obedecer, es poner por delante la dignidad y la rebeldía. Estas interrogantes, en el plano de la ética, que siempre va por delante, dentro de la tradición anarquista, no pueden pensarse más que desde el rechazo total contra la fórmula autoritaria que piensa que el fin justifica los medios. Sólo así podemos configurar una política como despliegue de la acción directa de los interesados mismos para resolver nuestras necesidades. Necesitamos en el presente, quizá ahora más que nunca, la construcción de un pensamiento-práctica revolucionaria, la creación de una praxis revolucionaria, la situación de guerra que vivimos nos obliga, y hace que resulte urgente una labor de desvío del horizonte revolucionario que apueste por la rebelión en el día a día contra lo instituido, una revolución sin nombre, una revolución que emerge desde la clandestinidad de la vida cotidiana, desde los instantes vividos como insumisión de la jerarquía. Pensar la revolución en el sentido de un horizonte anticapitalista y antiestatal, donde la apuesta es por la autogestión de la vida, nos obliga a dejar de concebirla como un instante excepcional, a menos que hablemos de un “estado de excepción permanente”, en afinidad con Benjamin (2008), donde es posible reconocer que el antagonismo social y la crisis, la catástrofe y las posibilidades emancipatorias no son algo esporádico ni un accidente, sino que son la regla. Y son la regla para cada vez más gente, si antes lo era sólo para los pueblos indígenas y las mujeres. Ahora puede ser para cualquiera. La praxis revolucionaria que nos propongamos esbozar, puede partir del acto de recordar. Rememorar nos permite hacer la resistencia y la rebeldía al lado de los muertos que han luchado por un mundo comunista anárquico –sin dominadores ni dominados, sin explotadores ni explotados–; nos permite sentir su dolor y rabia, para que se encuentre con nuestro dolor y rabia; nos permite que nos compartan de su pasión y sus fuerzas. La memoria crea un vínculo de apoyo mutuo y de complicidad entre los insumisos de ayer y hoy, instituye un deseo de venganza y una necesidad de reparación de los agravios de toda la historia. Esta memoria nos puede recordar el instante de peligro actual, un instante en el que estamos situados, donde se nos quiere imponer una disyuntiva, sobre la que tenemos que decidir, detener la guerra o hacer la revolución. Esta fórmula donde se separa la solución de la guerra con las posibilidades emancipatorias está orientada a crear nuevas ilusiones, nuevos fantasmas que nos mantengan en la explotación y oprimidos, estas ilusiones vienen en forma de nacionalismos, de elecciones, de partidos, de salvadores, coordinadores. Tenemos que pensar y actuar en la perspectiva de que guerra y revolución caminan juntas. Los medios son el fin, por tanto, sólo podremos ganar la guerra conforme se profundice la organización para la autogestión de la vida. En este sentido, se me vienen a la memoria dos momentos. La experiencia magonistas anarquista dentro de la revolución mexicana, entre 1900 y 1922. Y la experiencia revolucionaria anarquista en el Estado Español que desembocó en la revolución española, entre 1936 y 1939. En este contexto estamos ante lo que se ha nombrado como el primer asalto del movimiento revolucionario contra la sociedad de clases, y justo el capital recurrió a su arma de dominio para desarticular este asalto que lo puso en la lona, la guerra. La primera y la segunda guerra mundial, forzaron el camino del movimiento revolucionario justo en la lógica de esa falsa disyuntiva, la guerra o la revolución. Y entonces surgieron las alternativas ilusorias: las elecciones, los partidos, la legalización del sindicalismo, la democracia liberal y las alianzas entre quienes decían ser compañeros, entre quienes decían compartir los mismo intereses, destruir el fascismo y el nacionalismo, pero que sólo eran la mano izquierda del capital, y desplegaron la guerra desde dentro del frente revolucionario: los marxistas-leninistas, con todas sus variantes, estalinistas, trotskistas, un poco después maoístas y muchos etcéteras, los socialdemócratas. Todos ellos no dudaron en matar, desaparecer, desarticular todo lo que estuviera en el camino revolucionarios, fueran gentes o procesos. Algunos hablan de traiciones, traiciones que llevaron a que los instantes revolucionarios fueran derrotas, otros dirían que no fue traición, que eso es justo lo que eran desde el principio, unos contra-revolucionarios, unos reaccionarios pintados de izquierda, demostrando desde un principio un orgullo por el autoritarismos, por el estatismo, por el progreso industrial y capitalista. Pienso que lo que nos pueden enseñar los magonistas y los anarquistas afines a personas como Durruti, Berneri, organizaciones como los amigos de Durruti y otras dentro la revolución española, es que la revolución no puede esperar a que se resuelva la guerra, la guerra no se frena si no es mediante la revolución. Y la revolución para estos militantes no fue más que poner en marcha, sin esperar a nadie ni a nada ese mundo nuevo por el que estaban luchando. Los magonistas tomaron la tierra y la colectivizaron, sin más, para comenzar a auto-organizar la vida, además, llamaron a los trabajadores y revolucionarios de todo el mundo a que no entraran al engaño patriotero que generó la primera guerra mundial. Los anarquista españoles crearon las colectividades, una de las creaciones más importantes de la historia del movimiento revolucionario, a través de las cuales se trato de autogestionar la vida de modo integral, desde le trabajo, la salud, la educación, la alimentación, hasta los servicios como el transporte, las artes. La derrota de la revolución española posibilitó la estocada final sobre este primer asalto revolucionario a la sociedad de clases, la segunda guerra mundial, donde la guerra fue lo que primó sobre la vida. Y entonces preferimos democracia liberal, estados de bienestar, tiranuelos, en lugar de Führers, duces o gran timonel. En el mismo sentido, en Italia, en el contexto del surgimiento del fascismo, un anarquista como Camillo Berneri, que combatió en la revolución española, y que siempre supo que no se podían separar la guerra y la revolución, y por eso fue asesinado por agentes estalinistas después de que en un programa en la radio colectivizada, hizo un homenaje al recién fallecido Antonio Gramsci. Dijo una frase que ahora la tenemos que tener presente: Mussolini llegó porque el movimiento estaba esperando a un Lenin. Ahora, podemos sustituir los nombres, pero el peligro es el mismo. Los tiranos llegan porque seguimos bajo la cultura de la servidumbre voluntaria. Hoy estamos en una situación de peligro, donde parece que la disyuntiva nuevamente está dirigiéndose a la guerra, es decir, hacia las falsas alternativas, donde vuelve a resurgir las opciones electorales, los aspirantes a tiranos, las vanguardias y los jefes. Y ante eso no tenemos respuestas, sabemos que sólo la auto-organización y la autogestión podrán poner en el mismo lugar los medios y los fines, pero cómo. Pienso con Malatesta que lo esencial es desarrollar el espíritu de organización, el sentimiento de solidaridad y la confianza de la necesidad de cooperar fraternalmente, con la convicción de que “es necesario un trabajo continuo, paciente, coordinado, adaptado a los diversos ambientes y a las distintas circunstancias” (Malatesta en Richards, 2007: 172). No queda más que la auto-organización entre nosotrxs mismxs, para hacernos responsables de nuestra propia vida, para fomentar la autonomía colectiva y construir formas de comunicación auténtica y de base. Y ahora la discusión, podría girar en torno a justo como aquí y ahora, comenzamos a ya vivir ese mundo nuevo.

Libreto:
I.

Nada nuevo, cada vez de mayor magnitud y de ámbito global y siempre invisible o negado aún cuando se nos vino encima, nos involucra, nos afecta, nos incluye. Hannah Arendt lo señalaba así en esos “tiempos oscuros” durante los que se desataba la tormenta de esa “guerra mundial”:

…ocurrió en el espacio público; no había nada secreto o misterioso acerca de ello. Y aún así no era en absoluto visible a todos y además no era nada fácil percibirlo; porque hasta el momento mismo en que la catástrofe se echó encima de todo y de todos, permaneció encubierta, no por las realidades, sino por la gran eficiencia del discurso y el lenguaje ambiguo de casi todos los representantes oficiales, quienes continuamente y en muchas variaciones ingeniosas hacían desaparecer con sus explicaciones los hechos desagradables y la legítima preocupación. Cuando pensamos en tiempos oscuros y en la gente que vivía y se movía en ellos, hemos de tener también en cuenta este camuflaje por parte del establishment, o del “sistema” como entonces se llamaba. [1]

II.

Se cierne sobre el planeta ahora mismo la tormenta; la necesidad, la supuesta y convincente inevitabilidad de una guerra, la mayor de las guerras, una guerra de guerras para eliminar toda opción, siquiera reflexión-acción sobre la superación del sistema-mundo capitalista. Una guerra para superar la mayor de sus crisis en el ámbito global y reactivar la acumulación. Una guerra para eliminar los excedentes de población, concentrar y reducir el capital concentrando poder en cada vez menos manos y apropiarse de recursos y territorios (riquezas) cuya escasez ha creado el sistema que ahora necesita de la guerra para explotarlos-destruirlos-poseerlos. Territorios que incluyen inseparablemente los físicos (tierras, geografías, espacios concretos), los cuerpos humanos-no humanos y los de los imaginarios.

En el espectro del estado de excepción permanente que requiere el capital para sobrevivir superando sus crisis, ad portas de ocupar la totalidad de los territorios, solamente eso, una guerra de guerras (por todos los medios, con todos los pretextos) que corresponda con la magnitud de la crisis sistémica puede reactivar la acumulación de unos pocos (lo que llaman economía), para eliminar con nosotras y nosotros en los frentes de muerte, lo que sobra y a quienes sobramos y posibilitarles conquistar lo que necesitan. Así lo determinan sus análisis y cálculos frente al estancamiento de la economía[2].

III.

¿Presagios apocalípticos o preocupación legítima ante evidencias de la catástrofe programada que nos echan encima? Un asunto de vida y de muerte demasiado serio como para ignorarlo, y sin embargo…

Continuidad de las guerras. Destrucción y horror cada vez más inimimaginables por casi todas y todos y por ello, una y otra vez negados de muchas maneras. Desde las fórmulas de la propaganda, los argumentos oficiales, las explicaciones aceptadas sin más, la historia-olvido con sus muchas caras, voces y silencios y el dolor interrumpido con manipulaciones de una generación a otra desde una experiencia a la que no se quiere regresar o no se permite reconocer. El discurso y los hechos de guerra avanzan, se expanden, se despliegan. Para que no nos paralice el horror, nos negamos a enfrentarla a reconocerla, a organizanos para resistirla, a asumir nuestra experiencia. Una y otra vez durante más de 500 años, guerra y horror; tormentas para la acumulación y cada una percibida como hecho aislado que ya pasó. Como si la masacre de la invención y conquista de América no hubiera tenido relación con las fábricas de cadáveres y los campos de exterminio y por ello, pudieran quedar atrás, en otra parte, ya superadas. Ahora mismo, como antes, atrocidades incomprensibles de otras gentes en otra parte y no argumentos de muerte para la codicia y la civilización. “Serían incapaces de cometer horrores como esos” nos decimos para consolarnos. Mientras los frentes de guerra y las guerras diversas se expanden ante nuestras miradas absortas en las rutinas de lo ordinario, señalamos no los hechos ni la catástrofe que se nos viene encima, sino a quienes nos advierten sobre la misma o nos traen los datos, los hechos, los testimonios. Esta vez y todas las anteriores. Ejemplos mínimos entre muchos:

Un estimativo conservador del número de Africanas y Africanos transportados a las Américas es de alrededor de 15 millones. Sin embargo, este número no tiene en cuenta la tasa de mortalidad durante la travesía, cuyo promedio fue del 15-20 por ciento, o las numerosas muertes que resultaron de la captura y el embarque. Aún más, cuando consideramos el papel de la guerra como el principal medio para adquirir cautivos, la mortalidad aumenta considerablemente. En consecuencia, las pérdidas en vidas humanas consecuencia del comercio de esclavos superan en mucho el estimativo conservador de 12 millones de Africanxs. [3]

Y ahora mismo, mientras nos preguntamos si vendrá la guerra…

Sin eufemismo ni máscaras hablan los datos de la ONU según los resume Kamal Baher para “Other News”. “La vida de millones de personas, de Libia a Palestina y de Yemen a Siria e Iraq, quedaron destruidas por la violencia”. Además dice: La ONU informó que actualmente “hay más personas desplazadas por conflictos que en cualquier otro momento desde 1945”. Los datos no dejan lugar a dudas. Hay 60 millones de personas desplazadas, ya sea dentro o fuera de sus países, en todo el mundo”. Una de cada tres personas expulsadas de su territorio hoy en día, provienen del Medio Oriente. Las vidas de 400 millones de personas está en riesgo ahora mismo(solamente en el Medio Oriente).

IV.

No decimos guerra según una de sus formas y presentaciones convencionales (otra manera de encubrirla). Ese reconocer al terror, la destrucción y la muerte masivas racional y razonablemente al servicio del pensamiento utilitario y de la racionalidad instrumental a la codicia. Ese vernos impelidos a reclutarnos en alguno de los bandos que nos captura y nos somete. Esa táctica-argumento supremo y total del sistema para destruirnos, arrasarnos y negarnos con el terror y la muerte fríamente planificados por ellas y ellos y ejecutado por nosotras y nosotros para su beneficio …

Si no realizamos que esta vez, otra vez, se nos quiere explotar-exterminar para la codicia, tanto como personas pensantes y actuantes, como individuos-pueblos, nunca podremos afrontar la guerra de guerras a que nos vemos abocadxs, ni construir como nosotrxs, distintxs de ellxs la vida y la resistencia y la libertad. En este sentido, es sumamente importante identificar y reconocer la(s) guerra(s) del capitalismo y estar conscientes de las mil caras que puede tomar, pues deberíamos saber que la historia del modo de producción capitalista es la historia de una guerra cada vez más total, extensa y permanente. La guerra convencional es solamente una de esas mil caras y formas de destruir para la codicia. Toda forma de cooptación-captura para la destrucción-sometimiento-ganancia, es también parte de la guerra. Armas de destrucción masiva, con o sin balas y bombas, por medio de las cuales se nos somete, controla y aniquila, eliminando a quienes amenazan con desbordar al sistema.

V.

Como si la amenaza no fuera el sistema burgués/capitalista/moderno, sino un espectro dentro del ámbito fascista/liberal. Engendran de nuevo, la amenaza fascista como si fuera opuesta y contraria al proyecto de unidad democrático burgués. Las “izquierdas” institucionalizadas y las estructuras obreras, indígenas, populares también absorbidas por conseguir sueldos, prebendas…un lugar en su parnaso, se suman a este ámbito reducido y de los enemigos de clase y de libertad. Así, el fascismo y su co-relato, el orden burgués liberal son, nos imponen, las únicas opciones. O por la vía electoral, o, con más fuerza aún, por vía de la guerra en ciernes. Ya no es hora de utopías, ahora hay que derrotar al fascismo, dicen unos, los otros: defender el orden, la paz, la democracia, de las amenazas a la civilización; recuperar nuestra grandeza y eliminar a nuestros enemigos.

Fascismo (y su co-relato), no como una repetición histórica, calcada del pasado, sino en tanto que mecanismo totalizante de reclutamiento, terror y destrucción. Desapariciones y asesinatos, manipulación y exacerbación de las masas para que ellas mismas exijan, justifiquen y ejerzan la represión, se identifique y aisle por consenso, se criminalice y extermine a las personas-pueblos-enemigos desechables e indeseables bajo la imposición de la cultura única de las clases dominantes. Odio como dispositivo racional y razonable, diverso y disperso. Hidra de muchas caras, máscaras, cuerpos bajo órdenes para el exterminio necesario. Bandos confrontados que son recíprocamente el otro del sistema en tanto niegan y eliminan a quienes generan resistencias/alternativas. Dinámica frente a la que resulta indispensable pensar criticamente y salir de dicotomías y dualismos útiles a la ganancia producida con las máquinas de muerte… como izquierda-derecha, islam-cristianismo, civilización-barbarie, narcotráfico-estado, dictadura-democracia, etcétera, cuando son dos caras-ejércitos de una misma moneda que encubre la acumulación corporativa.

VI.

La guerra es la más poderosa, eficaz, destructiva, perversa, estrategia y práctica contra-revolucionaria. Una y otra vez, cuando quiera que el capitalismo entra en sus crisis más profundas que lo obligan a destruir-conquistar-expanderse y/o cuando se encuentra realmente desafiado por nacimientos que se desatan del sistema y generan alternativas que lo superan, recurre a esta para reconstruirse y exterminar toda posibilidad de transformación. La guerra; dispositivo totalizante del capitalismo.

Con la guerra el capitalismo reduce el horizonte de vida (político, dicen algunxs) al espectro de los bandos enfrentados, de modo que lo urgente, definirnos en un lado u otro para matar y/o morir posterga y niega de hecho cualquier otra opción. Resultan inútiles en la hora de la sangre. Todo lo que no sea guerra es eliminado con el anuncio de la guerra antes de ser ejecutado literalmente por la guerra.

Ya va quedando para después de la muerte y de la destrucción (y nunca hay después) defender la libertad, emanciparnos, dejar atrás los estados-nación, liberar y liberarnos con la Madre Tierra, gobernarnos colectiva y autónomamente, garantizar nuestras soberanías y tejernos entre pueblos y procesos para vivir y destruir el capitalismo. Para la revolución (o como se llame) que nos desate del capital, de las guerras para la ganancia, para eso ya no hay tiempo ni tiene importancia. Ahora lo práctico y urgente es matarse para que ellos ganen (más).

Proponemos reconocer y enfrentar a consciencia la guerra como “argumento” del capital para imponer su urgencia. Que nuestras luchas y caminos, desborden el horizonte del capital y que meternos en su guerra nos destruye.

VII.

Que nos acompañe la memoria y que algunos ejemplos nos sirvan como insumos y estén presentes en nuestro encuentro evocando otros, para tratar de impedir que, como siempre, las verdades y las luchas sigan siendo negadas, capturadas, manipuladas. Podemos aprender de la experiencia de la revolución española, confrontada a la guerra civil, por ejemplo, y particulamente de la postura de Buenaventura Durruti y la gente afin a su perspectiva política en el sentido de que la guerra y la revolución no se pueden hacer ver de forma separada. Eso que fue lo que llevó a que Durruti, el grupo Los Solidarios y muchos anónimos más, primero, y después a gente como la Columna Durruti y otros, fueran marginados y atacados, por todas las posturas estatistas e incluso por parte del movimiento anarquista. Hoy se renuevan esas falsas disyuntivas: detener la guerra o hacer la revolución. Gente como Durruti siempre dijo que no podía detenerse la primera sin hacer la segunda.

No podemos permitir, bajo ninguna circunstancia, menos aún frente a la tormenta de la guerra, perder el rumbo, el sentido, el camino transformador-revolucionario. No podemos anularlo ni postergarlo. No podemos supeditarlo a otros fines que son las urgencias del sistema, o terminamos sometidos a la guerra del capital y para sus propósitos de despojo. Ésta temática, es muy importante retomarla. En México, por ejemplo durante la revolución española, los magonistas tuvieron una postura muy similar a Durruti. ¿Las guerras revolucionarias en Guatemala, Centro América, Colombia y Latino América, no nos dejaron, acaso, lecciones y experiencias en el sentido de supeditar la revolución a las guerras?

El debate respecto de la falsa disyuntiva guerra ó revolución ¿no es un despliegue mas de la perspectiva liberal y la lógica racional estatista con la que permanentemente coquetean tantos, incluso dentro del campo de la llamada izquierda de abajo y a la izquierda o la que se autodenomina muy otra? ¿No es el caso de muchas y muchos analistas, dirigentes políticos, asesores de procesos y un chorro de académicos, periodistas y activistas ciudadanistas? Nos debe servir para ilustrar el tema y su recurrencia, presentar ejemplos-casos de experiencias anteriores.

En el propósito de deshacerse de procesos transformadores, a lo que sirve la guerra del capital, se están generalizado de nuevo ahora falsas oposiciones como: democracia/fascismo, imperialismo/nacionalismo. Y lo peor es que mucha gente reduce y distorsiona distintas iniciativas autonomistas, indígenas-campesinas y populares anti-capitalistas y libertarias a esas perspectivas dicotómicas falsas, o por ahí van a querer o están pretendiendo llevarlas.

VIII.

No planteamos una discusión violencia/no-violencia, ni guerreristas/pacifistas. No es, al que convocamos, un debate moralista con respuestas anticipadas: la violencia-el mal, la no-violencia y el perdón-el bien. Resistir es un imperativo y un derecho. Destruir el capital, una necesidad siempre postergada o capturada. Tejer sin jerarquías y organizadas, las muchas resistencias-autonomías, alternativas, un mandato. Ante la moral del sistema, su bien y su mal con consecuencias, frente a su guerra contra los pueblos; resistencia y transformación para la libertad y la vida. Nos convoca el desafío urgente de re-conocernos y actuar de este lado, el nuestro, más allá y mucho más acá de lo que nos permite el sistema; de lo que nos imponen con su guerra aquí y ahora, para no vernos de nuevo abocadas a abandonar lo alternativo y revolucionario diverso, para matarnos y morir en su guerra.

Ese nosotras y nosotros que reconoce el capitalismo y la guerra, que no se deja engañar ni reclutar por los pragmatismos y las postergaciones de lo indispensable, que no acepta el restringido horizonte político de los bandos confrontados porque en últimas son lo mismo con dos caras de la misma moneda, ¿Existe? ¿Resiste? ¿Se reconoce? ¿Se asume? ¿Se busca? Si nosotras y nosotros no podemos ser ellas y ellos y esta guerra es contra la vida y la libertad y por la perpetuación y reproducción del orden de esclavitud, alienación y dominación, en otras palabras, si existimos y estamos-siendo, ¿cómo entender, reconocernos y actuar para no ser (seguir siendo) reclutadxs, eliminadas y ejecutadas en este contexto por la guerra en ciernes y en curso? Ponernos a tejer la sabiduría colectiva (palabra y acción) necesaria ante la guerra capitalista desde y en formas de hacer política para una revolución en curso que se hace desde el aquí y ahora por miles de colectivos y comunidades de todos tamaños (las Kurdas, los zapatistas, las familias de lxs desaparecidxs, los pueblos indígenas de todo el planeta, etc.).

Pueblos en Camino

2017-04-17

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