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23- ¿Mujeres apóstolas?
Descripción:

¡100 entrevistas exclusivas con Jesucristo en su segunda venida a la Tierra! Los autores de OTRO DIOS ES POSIBLE son los hermanos López Vigil, conocidos ya en la región por su anterior producción radiofónica UN TAL JESÚS.

Libreto:
RAQUEL Los micrófonos de Emisoras Latinas ubicados hoy en lo que fue

el antiguo embarcadero de Cafarnaum. Nos acompaña Jesucristo,

en una jornada más de su segunda venida. Cafarnaum, junto al

lago de Galilea, fue conocida como su ciudad. ¿Por qué motivo?

JESÚS Es que yo salí de Nazaret y vine a vivir aquí.

RAQUEL ¿Y por qué se le ocurrió establecerse en un puerto de

pescadores?

JESÚS Bueno, aquí vivían Pedro, Andrés, Santiago... Tenían unas

barcas y unas redes...

RAQUEL Ellos eran pescadores, pero usted no.

JESÚS No, yo los vine a pescar a ellos. Cuando regresé del Jordán,

pensé: hay que hacer algo para que las cosas cambien en este

país. Y vine a buscarlos a Cafarnaum.

RAQUEL ¿Pertenecían a alguna organización religiosa?

JESÚS ¿Quiénes?

RAQUEL Pedro, Andrés, Santiago...

JESÚS No, ésos estaban organizados en la resistencia contra los

romanos...

RAQUEL Entonces, usted los llamó y formó con ellos el grupo de los doce

apóstoles.

JESÚS ¿Doce?... ¡Éramos mucho más que doce!

RAQUEL En su biografía, se habla de doce apóstoles.

JESÚS No puede ser porque... A ver, ve contando: Santiago y Juan, que

eran hijos del Zebedeo. Salomé, la madre de ellos, que también

se sumó al movimiento. Pedro y Andrés, que eran hermanos.

Juana, la mujer de Cusa. Estaba Tomás, el mellizo. Y María, la de

Magdala. Estaba Felipe, Susana, Natanael, Marta y su hermana

María, las de Betania, Judas el de Kariot, que hizo lo que hizo...

RAQUEL Un momento, un momento, que usted está confundiendo a

nuestros oyentes.

JESÚS ¿Dónde está la confusión, Raquel?

RAQUEL Usted está mezclando hombres con mujeres, apóstoles con...

JESÚS Con apóstolas. ¿Se puede decir así, verdad?

RAQUEL Bueno, no sé cómo se dirá... Pero siempre se supo que usted

eligió sólo varones para formar su iglesia.

JESÚS ¿Y qué esenio habrá dicho eso? En nuestro grupo había de todo,

mujeres, hombres, de Judea, de Galilea, hasta una samaritana se

nos coló...

RAQUEL Aclaremos las cosas. Esas mujeres que usted menciona irían en

su grupo... como apoyo logístico.

JESÚS ¿Apoyo qué?

RAQUEL Es decir, para hacerles la comida, para lavarles la ropa... tal vez...

hasta como reposo de los predicadores.

JESÚS Pero, ¿qué dices tú, Raquel?... ¡Si las mujeres eran las mejores

para hablar y entusiasmar a la gente!... Las mejores también para

organizar. Ellas iban igual que todos, igual que los hombres.

RAQUEL Pero, entonces... Tenemos una llamada... ¿Aló?

RENATO Aquí tá falando Renato Souza de Almeida, da pastoral juvenil

de

Sao Paulo, Brasil.

RAQUEL Pues fale despacito para entenderlo bien...

RENATO Jesús tem razón. Si no, lea nas epístolas de San Pablo, donde

narra cómo ele trabajó con Junia, con Lidia, la que vendía

púrpura, con Evodia, con Febe, con Apia, con un montón de

mulheres en las primeiras comunidades cristianas...

RAQUEL Obrigada, Renato. Pero, entonces, si así fue la cosa al

comienzo... ¿Ya se dio cuenta, Jesucristo? ¿Ya vio que ahora sus

representantes rechazan a las mujeres como sacerdotas, como

pastoras, como obispas? ¿Por qué cree que actúan así?

JESÚS No sé, tal vez por miedo... Tal vez se sienten de menor estatura

ante ellas y no quieren reconocerlo.

RAQUEL Entonces, si comprendo bien, ¿usted estaría de acuerdo con el

sacerdocio femenino?

JESÚS Yo no estoy de acuerdo con ningún sacerdocio, ni de hombres ni

de mujeres. Pero para dirigir las comunidades, las mujeres son

más sabias, más responsables también... Fue por eso que el

mensaje más importante, la perla más preciosa, Dios se la confió

a una mujer, no a un hombre.

RAQUEL ¿De qué perla nos habla?

JESÚS ¿Por qué no la buscamos en Magdala?... ¿Quieres venir?...

Vamos, está cerca...

RAQUEL ¡Sí, vamos!... Emisoras Latinas de camino a Magdala. Reportó su

enviada especial, Raquel Pérez.

Pescadores: pobres y despreciados

En tiempos de Jesús, Cafarnaum —de la que hoy sólo quedan ruinas— era

una ciudad de unos tres kilómetros de extensión y pocos miles de habitantes.

La pesca era el principal medio de vida allí y en todas las ciudades o pequeñas

aldeas que rodeaban el lago de Galilea. Los pescadores trabajaban para un

patrón o se organizaban por familias y en formas cooperativas. En aquellos

tiempos, el oficio de pescador era propio de la gente más pobre, la considerada

menos religiosa y vulgar. Era un oficio despreciado porque los pescadores

tenían que pasar el día en los mares o lagos, aguas que la cultura religiosa

consideraba un lugar maligno, por ser el hábitat de los demonios.

Número 12: un símbolo

Aunque Jesús hubiera tenido veinte discípulos en su grupo más cercano o

dieciocho o cualquier otro número, quienes escribieron los evangelios sólo iban

a mencionar los nombres de doce, una cifra simbólica. El número 12 tenía una

significación especial en Israel. Designaba una totalidad y sintetizaba en un

solo número a todo el pueblo de Dios. Doce fueron los hijos de Jacob, los

patriarcas que dieron nombre a las doce tribus que poblaron la Tierra

Prometida.

Cuando los evangelistas escribieron, decidieron usar ese mismo símbolo: el

nuevo pueblo de Dios también iniciaba con “doce” fundadores, herederos de

las doce primeras tribus. Hasta en el último libro de la Biblia encontramos el

símbolo del doce: el pueblo de Dios definitivo, al final de los tiempos será de

144 mil (12×12×mil = totalidad de totalidades).

Un movimiento de muchas mujeres

En el grupo de Jesús también participaron “muchas mujeres” (Lucas 8, 3).

Además de María, su madre, conocemos el nombre de algunas: María

Magdalena, otras Marías, Susana, Salomé, Marta y María de Betania, Juana...

Las primeras comunidades cristianas continuaron esta tradición: hombres y

mujeres se reunían, ambos predicaban con la misma autoridad el mensaje de

Jesús y ambos presidían las celebraciones en su memoria. Como los hombres,

las mujeres tenían representación y poder de decisión en las comunidades

como sacerdotas y obispas.

La periodista británica especialista en temas del Medio Oriente Lesley Hazleton

aporta en su libro “María, una Virgen de carne y hueso” datos muy interesantes

sobre dos movimientos espirituales de mujeres a la par de los hombres en

cargos de decisión y de poder, antes y después de Jesús, en los primeros

siglos cristianos, que influyeron en el cristianismo: el movimiento de los

terapeutas y el movimiento de los montañistas. También describe a un

movimiento similar sólo de mujeres: el de las coliridianas.

Las colaboradoras de Pablo

A pesar de su misoginia, derivada de su pertenencia a la secta judía de los

fariseos, Pablo afirmó que en Cristo ya no hay hombre ni mujer (Gálatas 3,28),

legitimando con esta idea la activa participación de las mujeres en las primeras

comunidades cristianas. Y en sus cartas destaca a muchas mujeres, elogiando

su trabajo: la diaconisa Febe (Romanos 16,1), Junia (Romanos 16,7), Prisca,

Julia, Evodia y Sintece, a las que llama “colaboradoras” (Filipenses 4,2).

Menciona también a Claudia, a Trifena y a Trifosa, a Prisca, a Lidia, a Tiatira y

a Ninfa de Laodicea. De las 28 personas que Pablo elogia de manera especial

en sus cartas a las primeras iglesias, 10 son mujeres.

El caso de Junia es especial y sintomático. Durante siglos su nombre fue

ocultado bajo un nombre masculino: Junias. Como Pablo le había otorgado a

esta mujer, esposa de Andrónico, el título de apóstol, esto resultó inconcebible

para quienes copiaban sus Cartas y al nombre de Junia le añadieron una “s”

transformándolo así en un diminutivo del nombre masculino “Junianus”.

Siglo IV: un dramático giro

En el siglo IV, con la “conversión” de Constantino, el cristianismo pasó a ser la

religión oficial del imperio y la participación de las mujeres fue desapareciendo.

El teólogo español José María Marín lo explica así: El cristianismo primitivo

estaba mucho más involucrado en la familia que en el gobierno como función

pública y, por consiguiente, las mujeres eran más importantes en la base

organizadora de las comunidades y de las iglesias domésticas. Fue en una

etapa posterior, cuando el cristianismo fue pasando a la esfera pública y

gubernamental, que los hombres retomaron activamente el control que tenían

las mujeres.

Y Lesley Hazleton lo analiza así: Cuando se estableció la ortodoxia y el

cristianismo adquirió a la vez reconocimiento oficial y poder político, el papel de

las mujeres fue severamente restringido. Porque la religión era tal vez un

ámbito común a hombres y mujeres, pero la política era estrictamente para los

hombres. Y cita al teólogo bautista estadounidense Harvey Cox, que en su libro

“Seduction of the Spirit” caracteriza este dramático giro en el cristianismo como

el intento más exitoso de la historia por parte de una jerarquía por canalizar,

desactivar y controlar el simbolismo religioso femenino.

La arquitectura patriarcal de las catedrales

La arquitectura de las grandes catedrales europeas reflejó la ideología

misógina en ascenso durante siglos en la historia del cristianismo. En un texto

sugerente y sorprendente ―su prólogo al famoso “Monólogos de la vagina” de

Eve Ensler― la feminista estadounidense Gloria Steinem relata:

En los años setenta, mientras me documentaba en la biblioteca del Congreso,

encontré un tratado poco conocido sobre historia de la arquitectura religiosa

que daba por sentado un hecho como si fuera sabido por todos: que el trazado

tradicional de la mayoría de edificios patriarcales de culto imita el cuerpo

femenino. Así, hay una entrada exterior y otra interior, los labios mayores y los

labios menores; una nave central vaginal que conduce al altar; dos estructuras

curvas ováricas a ambos lados; y por último, en el centro sagrado está el altar

o útero, donde sucede el milagro: donde los varones dan a luz.

Si bien esta comparación era nueva para mí, me abrió los ojos de golpe. Claro,

pensé. La ceremonia central de las religiones patriarcales es ni más ni menos

que aquella en la que los hombres se adueñan del poder yoni de creación al

dar a luz simbólicamente. No es de extrañar que los líderes religiosos varones

afirmen tan a menudo que los seres humanos nacimos en pecado... porque

nacimos de cinturas hembras. Únicamente obedeciendo las reglas del

patriarcado podemos renacer a través de los hombres. No es de extrañar que

sacerdotes y pastores ataviados con vestiduras largas nos rocíen la cabeza

con un fluido que imita las aguas del parto, que nos den nuevos nombres y nos

prometan renacer en la vida eterna. No es de extrañar que el sacerdocio

masculino intente mantener alejadas a las mujeres del altar, al igual que se nos

mantiene alejadas del control de nuestros propios poderes de reproducción.

Simbólico o real, todo está destinado a controlar el poder que reside en el

cuerpo femenino.

Una iglesia misógina

A pesar de la práctica de Jesús y a pesar de la práctica cristiana original, la

iglesia católica ha mantenido durante siglos y hasta nuestros días una férrea

oposición al sacerdocio femenino. En mayo de 1994, el Papa Juan Pablo II

publicó un documento, ratificado en 1995 por la Congregación para la Doctrina

de la Fe, en el que afirmaba que el sacerdocio femenino era un caso cerrado:

Declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la

ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser

considerado como definitivo por todos los fieles. La última expresión de esta

posición fue la del entonces cardenal, y hoy Sumo Pontífice, José Ratzinger, en

su “Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre

y la mujer en la iglesia y en el mundo”, de octubre de 2004, un texto que

expresa la extremada y profunda misoginia del catolicismo oficial.


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