Es extraño que el Ayuntamiento de Burgos haya promovido este Festival de Intérpretes e Instrumentos Insólitos, con la dirección artística del violinista Diego Galaz.
Desacostumbrados los paladares más exigentes a actividades que les inciten a viajar por tierras ibéricas, no podía dejar uno escapar la oportunidad de asistir al estreno de la nueva maravillosa genialidad del insólito Germán Díaz.
Hay un gesto muy común para expresar que algo te ha llegado al corazón que consiste en llevarse la mano al pecho y golpear repetidamente allí donde sentimos que se haya oculto nuestro órgano vital.
Gesto común que, sin embargo, constituye la expresión de algo que muy pocas personas, acciones o actividades despiertan en nosotros: la emoción.
Germán tiene no sólo la habilidad de despertar emociones dormidas sino que además a veces llega a paralizarnos el pulso mediante sus instrumentos de manivela.
Claro que para llevar a cabo su Método Cardiofónico necesita que éste no se detenga…
… ya que la música ha encontrado un aliado insólito en los latidos de corazón grabados en vinilo por el doctor Iriarte, allá por los años cuarenta y que Germán utiliza ahora como bajo rítmico.
Así la mayor parte de esta nueva propuesta del zanfonista parte del sonido de los latidos sobre los que va interpretando ya sea la caja de música o la zanfona.
Además el chisporroteo del vinilo le da a la música un punto de extrañeza y antigüedad que envuelve el ya de por sí evocador sonido de sus instrumentos.
La rareza en música no es a veces más que un artificio con el que llamar la atención en un mundo cada vez más dado a la pirueta del absurdo intrascendente.
Se podría pensar que la utilización de sonidos cardiacos no es más que una anécdota que así como se nombra se olvida. Nada hay de ello en la música de Germán.
Simplemente con escuchar cómo late el corazón en el tango Létre pour Beatriz uno es plenamente consciente de que hay un sentido musical brutal en lo que hace Díaz…
… que demuestra que él es capaz de detectar una piedra por pulir en un disco de registro médico.
Es la honestidad la que valida propuestas que pueden resultar excéntricas nominalmente y cuando uno se sumerge en el mundo (híper) creativo de Germán Díaz lo hace en la magia, porque mágicos suenan los instrumentos que maneja.
Germán Díaz toca la zanfona como si de un guitarrista eléctrico se tratara……, desliza sus dedos por el teclado con una ligereza asombrosa, pellizca las cuerdas como lo haría un pianista experimental y, además, …
…utiliza la tecnología como un medio que le permite crear capas atmosféricas o rítmicas sobre las que ir dibujando melodías, ya que él es su propia orquesta.
No puede haber oyentes indiferentes a su música. Y eso, en este momento de dictadura de la indiferencia, es ¡insólito!
Derribar la indiferencia provocando desde el ingenio creativo es hoy un ejercicio de radicalismo tan necesario (y tan raro) que conviene no perder de vista la luz de un tipo tan radicalmente necesario para la música como Germán Díaz.
Lo de la zanfona surgió casi por azar. Corría el año 1996 y un Germán Díaz bisoño acertó a presentarse a un concurso de canto tradicional que promovía la Junta de Castilla y León.
Ganó las 200.000 pesetas del primer premio y decidió invertirlas en el único instrumento decente que se le ajustaba al presupuesto: una zanfona de segunda mano.
A Germán le ha cundido el tiempo desde aquel primer encuentro con ese viejo y maravilloso cacharro medieval de cuerda frotada.
Los zanfonistas hispanos e incluso los franceses coinciden en señalarlo como uno de los instrumentistas más asombrosos que han escuchado nunca.
El texto de este programa fue extraído de un artículo escrito por Carlos Pérez Cruz para su programa “Club de Jazz” el 27 de Noviembre de 2010, y de un artículo de Fernando Neira (“La zanfona impredecible”), publicado en el diario El Pais de Madrid el 18 de Junio de 2005.