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1O5- UN CIELO NUEVO Y UNA NUEVA TIERRA
1O5- UN CIELO NUEVO Y UNA NUEVA TIERRA
Descripción:

Nos acusaron de herejes y de vulgares.Pero en los campos del Baoruco dominicano y en los barrios de Managua la gente descubría un nuevo rostro de Jesús de Nazaret, moreno y sonriente. Un tal Jesús fue primero una radionovela en doce docenas de capítulos. Nuestro desafío era grande: poner humor y lenguaje cotidiano en los esquemáticos relatos del Evangelio, presentar a Jesús como un hombre real apasionado por la justicia, reconstruir el escenario histórico y cultural en que vivió. Y a todo esto, ponerle un punto de sal latinoamericana.

Libreto:
María - ¡Marta, Marta, ven, corre! ¡Marta, despiértate!

Marta - Humm... ¿Qué pasa, María?

María - ¡Que le llegó la hora a la vecina Susa!

Marta - ¿Tan pronto?

María - ¿No la oyes? Está dando más gritos que Raquel en Rama. ¡Vamos, Marta, espabílate!

Marta - Está bien, María, pero cálmate, que no eres tú la que vas a dar a luz, ¡caramba!

Felipe - Ahummm... ¿Qué pasa aquí, si se puede saber? ¿A qué viene tanto alboroto?

María - ¡Una vecina que ya tiene los dolores y en toda Betania no hay mejor partera que mi hermana Marta!

Felipe - Bueno, no es que yo quiera dármelas, pero a más de un becerro ya le he cortado la tripa del ombligo. Así que, si hay que ayudar en algo...

María - La ayuda tuya es quedarte aquí tranquilo en la taberna. ¡Vamos, Marta, de prisa! Anda, Felipe, vete a dormir con los demás.

Felipe - ¿Y quién va a dormir con esos chillidos? ¿Por qué las mujeres no aprenden a parir de día, eh?

Marta y María, las hermanas de Lázaro, salieron de la taberna y entraron en el portal vecino. Pasaba ya de la medianoche. Era una casucha pobre y desvencijada, como la de todos los campesinos de Betania. Las paredes de adobe estaban ahumadas por las lamparitas de aceite. En un rincón, junto a los cacharros de la cocina y un lío de ropa, estaba preparado un cántaro de agua, un cuchillo limpio y una toalla. En el otro rincón, lamentándose so­bre una estera de paja, estaba recostada la pobre Susa, con las dos manos sujetándose el vientre. A su lado, y sin saber qué hacer, el marido esperaba.

María - ¡Yo digo que van a ser mellizos porque esa barriga parece el monte Tabor!

Lucio - ¡Uff! ¡Que Dios no la oiga, vecina! Si ya paso trabajo para alimentarla a ella, ¿qué será con dos bocas más?

Marta - No se preocupe, buen hombre. Dicen que todos los niños vienen con un pan bajo el brazo.

Lucio - ¡Entonces el mío nacerá manco, estoy seguro!

Marta - Vamos, Lucio, usted espere fuera. Cuando el niño nazca, ya le avisaremos.

Mientras Marta se arremangaba la túnica para asistir a su vecina, el marido de Susa vino buscando compañía a la taberna.

Felipe - ¡Caramba con tu mujer, Lucio, chilla como si la estuvieran despellejando viva!

Lucio - ¿Y qué quieres que haga, Felipe? ¡El niño es más cabezón que tú, y no puede salir! Lleva cuatro horas pujando por dar a luz... ¡y nada!

Pedro - Y nosotros, cuatro horas pujando por dormir... ¡y nada tampoco! ¡Ea, Lázaro, alégranos la noche con un par de jarras de vino, no seas tacaño!

Lázaro - Bien dicho, Pedro. ¡Al mal tiempo, buena cara!

Felipe - Pues mira las otras caras que se asoman por ahí. ¿Qué, Santiago, tampoco tú puedes pegar ojo? ¿Ni tú, Natanael?

Natanael - ¿Y quién va a poder con esa gritería?

Felipe - ¡Lázaro, cuatro jarras en vez de dos!

Uno tras otro, fuimos dejando las esteras y reuniéndonos en el patio. Los gritos de Susa llegaban hasta la taberna y nos desper­taron a todos.

Lázaro - ¡Aquí está el vino y aquí tienen semillas de calabaza para mascar! Ea, compañeros, ¿qué prefieren? ¿Jugar a los dados, contar chistes o rezar para que el niño de este vecino nazca bue­no y sano?

Natanael - ¡Aunque nazca con seis dedos, pero que nazca pronto, caramba!

Felipe - No hables así, Nata, que ya bastante desgracia tiene el pobrecito. ¡Yo no querría verme en el pellejo de ese infeliz!

Lucio - ¿Por qué dices eso, Felipe? ¿Qué pasa con mi hijo?

Felipe - Con tu hijo no pasa nada, Lucio, pero...

Lucio - Pero, ¿qué? ¡Habla claro!

Felipe - Que esto ya se acaba, amigo. ¡Pobre hijo tuyo, llegó tarde al mundo! ¡Antes que lo desteten, ya habrá sonado la trompeta del juicio final!

Pedro - A ti es al que hay que quitarte la teta, Felipe. A ver, ¿de dónde te has sacado eso?

Felipe - Eso lo dijo Jesús el otro día cuando pasamos junto a la muralla de Jerusalén. ¿Ya no se acuerdan? Lo oí yo con mis dos orejas.

Pedro - Pues ve y lávatelas, a ver si oyes mejor.

Felipe - Jesús dijo que el mundo se acaba ya y que esto va a ser peor que el diluvio de Noé. ¡E1 cielo va a temblar y las estrellas nos caerán en la cabeza! Se acabó todo. Se acabó el mundo. Tu pobre hijito sólo podrá ver polvo, y ceniza.

Natanael - ¡Embustero, Felipe! Jesús nunca dijo eso.

Felipe - Que sí lo dijo. ¡Y también dijo que él sabía la fecha del fin del mundo!

Pedro - ¡No me digas!

Felipe - ¡Sí te digo!

Mientras discutíamos, Jesús apareció por la puerta del patio, esti­rando los brazos y bostezando. Tampoco él podía dormir.

Lázaro - ¡Ahí está el hombre! ¡Eh, moreno, ven acá! ¿Cuánto falta, dilo claramente?

Jesús - ¿Cuánto falta para qué?

Felipe - ¡Para que se acabe el mundo!

Jesús - Yo pensé que ya se había acabado. Entre los gritos de la mujer y los de ustedes...

Jesús se sentó con nosotros en la destartalada mesa de la taberna, mientras Lázaro llegaba con otra jarra de vino.

Lázaro - ¡Camaradas, este parto va para largo! Ea, Jesús, bebe un trago, límpiate las legañas y dilo sin rodeos: ¿cuándo demo­nios se va a acabar el mundo, eh?

Jesús - Pero, ¿qué pulga les picó a ustedes para estar discutiendo de eso a estas horas?

Felipe - Porque hay que ser precavidos, ¡qué caray! ¡Hay que ir comprando la madera y la brea para fabricar el arca! ¿Tú no dijiste que viene un diluvio peor que el primero? ¿O ya no te acuerdas?

Jesús - ¿Yo dije eso, Felipe?

Felipe - Bueno, y si no lo dijiste tú, da lo mismo. Porque está escrito. Lo dicen todos los profetas en las escrituras santas.

Jesús - Lo que está escrito es que ya no habrá ningún diluvio. Dios se lo prometió a Noé.

Felipe - Está bien, con agua o sin agua, eso me es igual. Pero lo que sí habrá es terremotos y cosas espantosas en el cielo y en la tierra cuando llegue el último día. ¿Es o no es así?

Jesús - Yo no sé, Felipe, eso era lo que pensaba el profeta Elías, y luego, mira la sorpresa que se llevó.

Elías - No puedo más, no llegaré nunca. Basta ya, Señor.

Jesús - Elías iba atravesando el inmenso desierto del Neguev, de camino hacia el Sinaí, la montaña de Dios. Iba tan cansado, que se tiró bajo una mata de retama, se deseó la muerte y se durmió. Pero un mensajero de Dios vino a despertarlo.

Mensajero - ¡Elías, Elías! ¡Vamos, levántate y come algo. Tienes un largo camino por delante.

Elías - ¿Cuánto falta para llegar? Dímelo, por favor.

Mensajero - No preguntes cuánto falta. Ponte en camino. A cada paso tuyo, Dios da otro paso hacia ti. Vas hacia Aquel que viene.

Jesús - Elías se levantó, comió, y echó a andar a través del desierto, con el sol hirviéndole sobre la cabeza. Caminó cuarenta días y cuarenta noches y, al fin, llegó al monte Sinaí.

Elías - ¡Uff! Ahora veré a Dios. Ahora sabré cómo es él. He llegado al final del camino. ¿Dónde estás, Señor, cómo eres tú?

Jesús - Elías subió al monte para ver a Dios. Y lo primero que vio fue un huracán que pasaba. Soplaba tan fuerte y levan­taba tanta arena que el sol se oscureció, la luna perdió su brillo y todas las lámparas del cielo, las estrellas grandes y las pequeñas, se apagaron con la furia del viento.

Elías - ¡Dios mío, Dios mío, al fin te conozco! ¡Tú eres el estampido de la tormenta y la violencia del huracán!

Jesús - Pero nadie respondió a su voz, porque Dios no estaba en los truenos ni en las ráfagas del viento. Después, comenzó la tierra a temblar. Y el terremoto era tan fuerte que las columnas del mundo se tambalearon, las montañas se rajaron de arriba a abajo y las rocas se quebra­ron en mil pedazos.

Elías - ¡Dios mío, al fin te conozco! ¡Tú eres la sacudida del terremoto!

Jesús - Pero nadie respondió a su voz, porque Dios tampoco estaba en el rugido de la tierra ni en la avalancha de las piedras. Después, se levantó un fuego grande. Una hoguera crepitante surgió de las entrañas del mundo y arrasó con todo, y no dejó más que polvo y ceniza.

Elías - ¡Al fin, Señor, al fin sé cómo eres, un fuego abrasador!

Jesús - Pero el fuego guardó silencio, porque Dios tampoco estaba en la terrible llamarada. Y, al final, se oyó como el susurro de una brisa suave. Era como un soplo que refresca, como el aliento de un pa­dre en la frente de su hijo o como el beso de una madre en la mejilla. Y Elías, el hombre que ardía en celo por Yavé, el profeta del rayo, del fuego y del terremoto, com­prendió que Dios estaba allí, en aquella brisa ligera... Así fue el encuentro de Elías con Dios. Y yo pienso que así será también nuestro encuentro con él al fin del mundo.(1)

Lázaro - Bueno, bueno, está bien, Jesús, con huracán o con brisa suave, pero yo vuelvo a lo de antes: ¿cuándo demonios se aca­ba esto?

Felipe - Digo lo mismo que Lázaro: ¿cuándo va a sonar la trompeta, eh?

Jesús - Y qué sé yo, Felipe. Eso es asunto de Dios. El asunto nuestro es vigilar y estar preparados como los buenos siervos que esperan despiertos hasta que llegue el patrón. Lo demás, es cosa de Dios.

Pedro - Vamos, moreno, que entre amigos no debe haber secretos. A lo mejor Dios te guiñó un ojo a ti y te dijo ya la fecha.

Jesús - O a lo mejor no hay fecha, Pedro. Porque el Reino de Dios no cae de arriba como el maná. El Reino de Dios hay que amasarlo entre todos, como el pan.

Pedro - Pues nosotros ya llevamos tres años amasándolo, ¡caramba! ¿Cuándo va a meter la mano Dios y a sacar el pan del horno, digo yo?

Jesús - Todavía falta un poco, Pedro. Todavía hay que caminar un buen trecho como Elías hasta llegar al Sinaí.

Lázaro - Pero, dime, Jesús, ¿veremos algún día el final?

Jesús - Antes habrá que ver guerras y desastres porque todavía hay mucho egoísmo en el mundo. Los de arriba no quieren aflojar la cuerda y nosotros no podemos echarnos a dormir bajo una reta­ma. No, habrá que pelear, y duro. La lucha será larga, sí. Nos perseguirán y gritaremos más que tu mujer, Lucio. Y eso no será más que el comienzo de los dolores, hasta que estalle el huracán de los pobres reclamando justicia y la lucha se haga tan encar­nizada que las naciones de la tierra y los poderosos de este mundo tiemblen por lo que se les viene encima. Todo esto tendrá que pasar primero. Son los gritos del mundo que está dando a luz.

Lázaro - ¿Y... y después, Jesús?

Jesús - Después, cuando este mundo viejo haya pasado, vendrá la brisa suave: un cielo nuevo y una nueva tierra donde ya no ha­brá llantos, ni guerras, ni hambre, ni dolor. Y aparecerá sobre las nubes del cielo, la señal de Dios, el arco iris de la paz. Y los hijos y las hijas de Dios, todos los hombres y mujeres de buena voluntad, heredaremos la tierra y podremos vivir en paz y ser libres.

Felipe - Pero, nosotros... ¿nosotros veremos ese día, Jesús?

Jesús - No lo sé, Felipe. A lo mejor sí. O a lo mejor lo verán nuestros nietos, o las nietas de nuestros nietos. No importa. Pero ese día llegará. Tarde o temprano, los pobres cantaremos victoria. Dios lo prometió y su palabra no falla. El cielo y la tierra pasarán, pero esta promesa de Dios no fallará.

En ese momento, entró María por la puerta de la taberna gritando y alborotando.

María - ¡Eh, ustedes, charlatanes, corran, que ya nació! ¡Un varoncito más salado que el agua del mar!

Y todos fuimos corriendo a casa de Susa, aquella vecina de Betania, que después de tantas horas de esfuerzo, ahora descansaba tranquila mientras Marta lavaba al muchachito recién nacido.(2)

Marta - ¡Mira qué preciosidad, Lucio! ¡Se parece a ti!

María - Qué va, se parece a la madre, ¡mírale los ojitos y la naricita!

Felipe - ¡Ea, Lázaro, trae vino de la taberna y vamos a brindar por el nuevo israelita que ha puesto sus patas en este mundo!

Pedro - ¡Y por el papá, que está más contento que si hubiera cantado el Cantar de los Cantares!

Lázaro - ¡Y por la madre, que ha hecho el mayor trabajo!

Lázaro nos trajo el mejor vino de su taberna y nos quedamos con­versando en el patio de la casa de Lucio hasta que los gallos anun­ciaron el nuevo día. Susa, que había pasado tantos dolores du­rante aquella noche, ya no se acordaba del aprieto por la alegría de tener un hijo en su regazo.

Mateo 24,3-51; Marcos 13,3-37; Lucas 12,41-48; 17,26-37, 21,7-36.

1. En los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, aparecen una serie de discursos de Jesús acerca de la catástrofe que se avecina sobre el mundo. Son los llamados discursos «escatológicos» (del fin) o «apocalípticos» (de la revelación del fin). Tradicionalmente, han sido leídos como una descripción detallada de todo lo que sucederá el día del fin del mundo y han sido usa­dos para sembrar el terror en personas ingenuas o hacer simplistas interpretaciones de las catástro­fes que actualmente ocurren en el mundo.

Jesús no dio detalles sobre la vida del más allá, sobre el cielo, los ángeles o los demonios, como era habitual en el lenguaje apocalíptico de su tiempo. Tampoco hizo cálculos sobre el día del fin del mundo y evitó hacer una descripción de las diferentes etapas del drama apocalíptico. Cuando en los evangelios se habla de estos temas, lo que se está leyendo es el pensamiento de las primitivas comunidades cristianas.

Saber cuándo será el fin del mundo ha preocupado a muchas generaciones de seres humanos. Jesús creyó que el fin del mundo injusto y la llegada del Reino de Dios eran inminentes. Su forma de proclamar el evangelio y de desafiar a las autoridades, la prisa que demuestran sus palabras, indican que él creyó que esa hora estaba cercana y que él mismo llegaría a verla. Esa urgencia de Jesús la heredaron los primeros cristianos, que vivieron durante el primer siglo de nuestra era pendien­tes del día del fin del mundo. Pablo tuvo que llamarles la atención en varias ocasiones (2 Tesalonicenses 2, 1-7 y 3, 6-12), aun­que también él estaba convencido de que el día final estaba ya cercano (1 Tesalonicenses 4, 13-18). Eran tiempos de duras persecuciones contra los cristianos, en las que miles fueron asesinados y las comunidades esperaban ansiosas el día de la liberación definitiva. En este contexto se escribió el Apocalipsis, último libro de la Biblia, una hermosa simbología sobre el fin de los tiempos destinada a consolar a los cristianos que sufrían la persecución del poder imperial de Roma.

Con muy variadas imágenes, los profetas hablaron de la cólera de Dios contra los injustos en el día final del mundo. Hablaron de guerras, desastres, dificultades sin cuento. Unos 200 años antes de Jesús comenzaron a emplear imágenes cósmi­cas -estrellas que caen, tierra que tiembla-, símbolos que tam­bién usó Jesús porque eran los habituales en su tiempo para describir la tremenda conmoción de los tiempos finales (Isaías 63, 1-6; Jeremías 6, 11-19; Daniel 9, 66-27; 12, 1-13; Joel 2, 1-11; Amós, 5, 14-20; Apocalipsis 19, 11-21).

Abundan también en la Biblia imágenes positivas que expresan que todo lo bueno del mundo conocido quedará y será transformado en “el cielo nuevo y la tierra nueva donde habitará la justicia” (2 Pedro 13). Son innumerables los textos proféticos que describen el futuro con símbolos de alegría y de fiesta. (Isaías 60, 1-22; 62 1-12; Amós 9, 11-15; Miqueas 4, 1-5; Sofonías 3, 14-20; Apocalipsis 21, 1-8; 22, 1-21).

2. El fin del mundo fue también comparado en la Biblia a un parto. Para que un nuevo ser nazca son necesarios tiempo, amor, paciencia, esperanza y en el momento decisivo, en las horas finales, esfuerzo y dolores tremendos. La imagen del parto la usaron los profetas (Isaías 66, 5-16) advirtiendo que el nacimiento de un nuevo pueblo no era cosa de un día y estaba lleno de dolores. La usó también Jesús (Juan 16, 19-23) y después de él Pablo (Romanos 8, 18-27), comparando toda la historia humana con el largo y penoso alumbramiento de una nueva sociedad. Según Pablo, en este parto ya ha asomado el niño, ya ha nacido la cabeza del hombre nuevo, que es Jesús. La humanidad, que es el cuerpo, nacerá tras él (Efesios 1, 22; 1 Corintios 12, 12 y 27).

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