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86- LA SANGRE DE LOS GALILEOS
86- LA SANGRE DE LOS GALILEOS
Descripción:

Nos acusaron de herejes y de vulgares.Pero en los campos del Baoruco dominicano y en los barrios de Managua la gente descubría un nuevo rostro de Jesús de Nazaret, moreno y sonriente. Un tal Jesús fue primero una radionovela en doce docenas de capítulos. Nuestro desafío era grande: poner humor y lenguaje cotidiano en los esquemáticos relatos del Evangelio, presentar a Jesús como un hombre real apasionado por la justicia, reconstruir el escenario histórico y cultural en que vivió. Y a todo esto, ponerle un punto de sal latinoamericana.

Libreto:
Aquel invierno Jerusalén se vistió de blanco, con nieve sobre las murallas y sobre los techos de las casas. Era el mes(1) de Kisleu, cuando nuestro pueblo conmemora, con alegría y con lám­paras encendidas, la Dedicación del Templo y la purificación del altar.(2) Jesús y algunos grupos subimos a la capital durante la fies­ta. Y, como siempre, nos hospedamos en el pueblo cercano de Betania, en la taberna de nuestro amigo Lázaro.

Lázaro - Así como lo oyen, paisanos. Eso pasó ayer mismo, un poco antes de llegar ustedes. Eran dos muchachos galileos. Estaban en el Templo, ofreciendo una oveja en sacrificio. En­tonces entran los soldados romanos, ahí mismo los atrapan y, ¡zas!, de un puntapiés a la Torre Antonia.(3)

Marta - Se hospedaban aquí con nosotros, los pobres. To­davía tienen su ropa y sus trastes en el patio.

Lázaro - Uno es hijo de un tal Rubén, de Betsaida. Y al otro le dicen Nino. Su madre es de Corozaim.

Jesús - ¿Y que harán con ellos, Lázaro?

Lázaro - ¡Quién sabe, Jesús! La vida de los presos cuelga de un hilo de araña. Depende del capricho de Poncio Pilato.(4) Ya ven ustedes, el muy canalla no respetó el Templo ni el sacrifi­cio que estaban ofreciendo.

Judas - La historia se repite. Los romanos se ríen ahora de nosotros igual que antes se rieron los griegos.

Durante la dominación griega, en tiempos del cruel Antíoco Epifanes, doscientos años atrás, los extranjeros habían saqueado el Templo de Jerusalén y profanado el altar de los sacrificios. Después de las primeras victorias de los hermanos Macabeos, nuestros antepasados hicieron grandes ceremonias de expiación. Y, desde entonces, todos los años, al llegar el invierno, celebrábamos aquella fiesta de la Dedicación.

María - ¡Eh, Lázaro, Marta, ustedes!

Lázaro - ¿Qué pasa, María? ¿Alguna noticia?

María - Sí, me ha dicho el cojo Saúl que van a juzgar a los dos muchachos galileos en la Torre Antonia. Que Pilato los va a sacar al Enlosado, delante de todo el mundo.

Judas - ¿Cuándo va a ser eso, María?

María - Ahora por la mañana, Judas. Si nos damos prisa, lle­gamos a tiempo.

Lázaro - ¡Ea, compañeros, vamos allá!

Lázaro, sus dos hermanas y nosotros, salimos juntos de la taber­na. En pocos minutos, ganamos el caserío de Betfagé, subimos la ladera del Monte de los Olivos, atravesamos el torrente Cedrón, resbaladizo por la nieve que había caído y entramos en la ciudad de Jerusalén.(5) Mucha gente se arremolinaba en las calles. Poco a poco, a codazos y empujones, nos fuimos abriendo paso hasta llegar frente a la Torre Antonia.(6) En las almenas ondeaban las banderas amarillas y negras de Roma. Sobre la escali­nata, una gigantesca águila de bronce nos recordaba que nues­tra patria estaba bajo el dominio de una nación extranjera.

Hombre - ¡Allí es el juicio! ¡Corran, que ya sale el go­bernador!

En los bajos de la Torre había un pequeño patio enlosado, donde Poncio Pilato, el gobernador romano, juzgaba públicamente a los presos y pronunciaba las sentencias.

Pilato - ¿Es que ustedes no escarmentarán nunca? ¿Cómo quie­ren que lo diga? ¡Están prohibidas las reuniones clandestinas!

Mujer - ¡Mi hijo no estaba haciendo nada, gobernador, mi hijo no estaba reunido con nadie!

Pilato - Ese hijo tuyo y su amiguito estaban conspirando con­tra Roma. ¡Y a los conspiradores los aplasto yo como chinches! ¿Me oyeron todos? ¡Como chinches y pulgas!

Poncio Pilato, el gobernador de Jerusalén y de toda la región sur de nuestro país, era un hombre alto y robusto. Llevaba una toga de lino blanco y sandalias trenzadas. Tenía el pelo recortado al estilo romano y en la boca una eterna mueca de desprecio ha­cia nosotros los judíos.

Mujer - ¡Gobernador, mi hijo es inocente! ¡Estaba en el Tem­plo!

Hombre - ¡Y el Templo es un lugar sagrado!

Pilato - El Templo es una ratonera. Y mis soldados se encar­gan de sacar los ratones que quieren esconderse en ese agujero.

Mujer - ¡Gobernador, ellos no estaban conspirando! ¡Ellos es­taban ofreciendo un sacrificio, derramando la sangre de una oveja sobre el altar de Dios!

Pilato - ¿Ah, sí? ¿Con que eso estaban haciendo? ¡Pues 1a sangre de tu hijo y la del otro galileo se van a mezclar pronto con la de esa oveja!... ¡Soldados, tráiganme a ese par de rebel­des ahora mismo!

Soldado - Enseguida, gobernador.

Hubo un silencio tenso mientras los guardias romanos salieron del Enlosado y se dirigieron a los fosos de la Torre Antonia donde los presos esperaban la sentencia. Al poco rato, regresa­ron empujando con lanzas a los dos jóvenes galileos atrapados el día anterior dentro del Templo. El primero era muy moreno. Tenía el pelo revuelto y la túnica hecha jirones. El otro, más bajo, escondía la cara entre sus manos amarradas. Temblaba como si tuviera fiebre y se le podía ver la espalda destrozada por los azotes.

Mujer - ¡Ten un poco de piedad, Poncio Pilato, perdónalos! ¿Es que no tienes entrañas? ¿No te duele ver a una madre llorando? ¡Perdona a mi hijo, perdónalo!

Hombre - ¡Clemencia también para el otro muchacho!

Pilato - Para los rebeldes no hay perdón. Roma es un águila y nadie escapa a sus garras. Y ustedes, judíos tercos, cuando vuelvan a sus caseríos después de la fiesta, cuenten a los demás lo que ahora van a ver con sus propios ojos.

Poncio Pilato nos miró a todos con un gesto burlón y levantó su mano ensortijada para dar la orden fatal...

Pilato - ¡Degüéllenlos!

Dos soldados de la guardia del gobernador agarraron a los jóve­nes galileos y los tumbaron sobre el húmedo enlosado. Otros dos se acercaron, desenvainando sus espadas. De un tajo hicieron rodar las cabezas todavía sin barba de los muchachos. Un ala­rido de espanto salió de todas nuestras bocas. La madre de uno de los ajusticiados gritaba enloquecida y el pelotón de soldados tuvo que acordonarse para contener la avalancha de la multitud. Pero Poncio Pilato permanecía indiferente.

Pilato - Tráiganme una medida de sangre.

Entonces, un soldado tomó un cacharro, lo acercó a los cuerpos de las víctimas y lo llenó con la sangre que salía a borbotones de los cuellos cercenados. Luego se lo entregó al gobernador romano que esperaba de pie.

Pilato - Este será mi sacrificio. Iré a derramar la sangre de este par de tercos sobre el altar de ese Dios más terco aún que tie­nen ustedes, los judíos. Escuchen bien, rebeldes: el único dios que tiene poder está sentado en Roma. El emperador Tiberio es el único Dios verdadero. Reina sobre todos ustedes y mezcla la sangre de los hijos de Israel con la sangre de ovejas y perros. ¡Viva e1 César!

Hombre - ¡Maldito seas, Poncio Pilato! ¡Que algún día esa sangre caiga sobre tu cabeza!

El desconcierto fue muy grande. Muchos nos tapamos los ojos con horror mientras el gobernador, fuertemente custodiado, atra­vesó por el pasadizo que unía la fortaleza romana con el Templo. Pilato se presentó sin ningún respeto ante el altar de los holo­caustos y derramó allí, entre las risas de sus soldados, la sangre todavía caliente de aquellos dos jóvenes galileos.

Hombre - ¡Profanación!(7) ¡Poncio Pilato ha profanado el al­tar! ¡Rásguense la túnica, hermanos!

Mujer - ¡E1 gobernador se burla de nosotros! ¡Hace poco metió las banderas del César en los atrios del Templo! ¡Y ahora, esto!

Viejo - ¡Si los macabeos levantaran la cabeza, empuñarían otra vez la espada de la venganza!

Hombre - ¡Venganza, sí, venganza! ¡Juro por mi pueblo que habrá venganza!

A partir de ese día, se multiplicaron en Jerusalén las protestas, los disturbios populares y los asesinatos. Un grupo de zelotes intentó hacer un túnel hasta la torre de Siloé, un pequeño ar­senal junto a la fuente de agua de Ezequías, donde los romanos guardaban espadas y garrotes. Pero los cimientos de la torre estaban podridos y la construcción se vino abajo inesperada­mente. En el derrumbe murieron varias familias galileas que tenían sus chozas junto a la torre.

Lázaro - La situación está muy mala, Jesús.

Jesús - Y se pondrá peor, Lázaro. Dicen que Pilato va a aumen­tar la vigilancia.

Judas - Entonces, es seguro que aumentarán los presos y los crucificados.

María - Y si lo saben, ¿por qué se siguen metiendo en líos, digo yo, por qué?

Judas - Porque esto no hay quien lo aguante ya, María. No hay derecho a pisotearnos como lo están haciendo estos malditos extranjeros.

María - Pero, Judas, tampoco hay derecho a tumbar una torre en la cabeza de esos dieciocho inocentes, ¡caramba! ¡Que le rom­pan los huesos a Pilato si quieren y pueden, pero, ¿qué ganan haciendo esas cosas? ¿No ven que han muerto esos pobres infelices que no tienen la culpa de nada, eh?

Lázaro - Lo hacen para provocar a Pilato.

María - Sí, y Pilato sigue matando para provocarlos a ellos. Y así estamos como estamos, que ya no se puede andar por la ciudad de puro miedo a que te claven un cuchillo en cualquier esquina. No, no, no, yo no quiero saber nada ni de unos ni de otros.

Jesús - Sí, María, tienes razón. Pilato es un sanguinario. Y al­gunos de los que luchan contra él se vuelven tan sanguinarios como él. Pero, ¿quién los enseñó a ser así? ¿Quién echó a rodar la piedra de la violencia? Ahí está el asunto, ¿no te parece? Los de arriba sembraron vientos. Ahora están recogiendo tempestades de los de abajo. Y si esto sigue así, si todos no cambiamos, pronto nos ahogaremos en un diluvio de sangre.

La fiesta de aquel invierno se volvió amarga por los crímenes, el miedo y la vigilancia romana. Fue durante aquella semana de la Dedicación cuando un grupo de judíos rodearon a Jesús en uno de los arcos del Pórtico de Salomón.

Hombre - Eh, tú, nazareno, ¿qué pasa contigo? ¿Hasta cuándo nos vas a tener en vilo, caramba?

Mujer - ¡Si eres el Mesías que esperamos dilo claramente y no perdamos más tiempo!

Viejo - ¡Aquí hace falta un tipo con agallas que dé la cara por el pueblo!

Todos - ¡Sí, eso, eso!

Jesús - No, amigo, no. ¡Lo que aquí hace falta es un pueblo que aprenda a dar la cara por sí mismo! Cuando el niño es pe­queño, la madre le da la mano para que no tropiece. El niño creció, se hizo un hombre, y tiene que caminar por sus propios pies.

Judas - ¿De qué niño estás hablando, Jesús?

Jesús - De nosotros mismos. Ya es hora de fortalecer las rodi­llas y levantar la cabeza. ¡La liberación está en nuestras manos! ¡No tenemos que esperar a nadie! ¡El Mesías ya está aquí, entre todos nosotros!(8) ¡Donde dos o tres luchan por la justi­cia, ahí está luchando el Mesías! ¡Sí, Dios sopló sobre los hue­sos secos y los huesos se unieron y el pueblo revivió y se puso en pie! ¡El Mesías es como un gran cuerpo! En un cuerpo hay cabeza v manos v pies. Pero todos los miembros tienen un mis­mo espíritu v todos son necesarios. ¡Y entre todas tenemos que romper el yugo que nos oprime y alzar juntos el bastón de man­do! ¡Y entre todas construir una nueva Jerusalén y escribir un nombre nuevo en sus murallas: Casa de Dios, Ciudad de Mujeres y Hom­bres Libres! ¡Y en ella no habrá más violencia, ni la violencia del lobo que mata a la oveja, ni la violencia de la oveja que se defiende del lobo! ¡Las espadas las convertiremos en azadones, y las rejas de las cárceles en rejas de arado!

Hombre - ¡Así se habla! ¡Que viva el Mesías de Dios!

Todos - ¡Que viva, que viva!

Soldado - ¡Eh, ustedes, galileos, disuélvanse! ¿No saben que está prohibido reunirse? ¡Vamos, vamos, lárguense de aquí si no quieren amanecer con la cabeza cortada como los otros dos!

Los soldados romanos intentaron llevarse preso a Jesús. Pero entre todos logramos esconderlo. Y nos dispersamos entre la gen­te que llenaba el Pórtico de Salomón. Y aquel mismo día em­prendimos viaje hacia Jericó, porque la situación en Jerusalén, se nos estaba poniendo cada vez más difícil.

Lucas 13,1-5; Juan 10,22-40.

1. El calendario judío tenía sus meses ordenados según el ciclo lunar. Por eso, el año sólo tenía 354 días y había que estarlo corrigiendo continuamente, pues las estaciones y las lluvias tienen relación con el ciclo solar. Lo expresaba así un dicho de la época de Jesús: “Como el trigo aún no esta maduro, este año tendremos que añadir otro mes”. Por necesitar un calendario más exacto, los agricultores se guiaban por las estrellas para medir las estaciones y planificar la siembra y la cosecha.

2. La fiesta de la Dedicación del Templo caía en diciembre y duraba ocho días. Esta fiesta recordaba la consagración del Templo en los tiempos del rey Salomón y se había renovado en la época de los Macabeos, unos 160 años antes de Jesús. En los tiempos de Jesús, el pueblo de Israel conmemo­raba en esta fiesta la victoria de los Macabeos, guerrilleros nacio­nalistas, sobre los griegos seléucidas, invasores del país; la purificación del Templo y la construcción de un nuevo altar después de las profanaciones que había hecho en el lugar santo el cruel rey seléucida, Antíoco Epifanes. Se celebraba también como fiesta de la luz, recordando qe al dedicar el Templo se había vuelto a encender el santo candelabro de los siete brazos. En Jerusalén, para esta fiesta, se encendían de nuevo las antorchas usadas ya en la Fiesta de las Tiendas. Por eso, la Dedicación se llamaba popularmente la fiesta de las Tiendas de Invierno. Las celebraciones tenían un sabor mesiánico, como las de la cosecha. En la actualidad, los judíos encienden solemnemente en estas fiestas la «hanuká», candelabro con ocho luces, una por cada día de la fiesta.

3. Roma dominaba sobre sus colonias a través de funcionarios en­viados en representación del César a las provincias del imperio. Las provincias romanas eran de tres clases: las senatoriales (gobernadas por procónsules romanos, que se cambiaban anualmente), las imperiales (tenían al frente gobernadores, legados o procuradores, siempre romanos) y otros territorios gobernados por nativos, que servían a los intereses eco­nómicos y políticos del imperio, que era el caso de la Galilea gobernada por Herodes. Judea, con su capital Jerusalén, fue provincia imperial de forma definitiva desde el año 6 después de Jesús. Tenía al frente a un gobernador, la ocupaban mi­litarmente tropas romanas y la administración estaba en manos de funcionarios también romanos.

4. Poncio Pilato fue el gobernador romano de Judea desde el año 26 hasta el 36. Los gobernadores romanos mandaban en las provincias imperiales. Podían ocupar el cargo de gobernador senadores con título de legado o no senadores con título de prefectos, que fue el caso de Pilato. Dentro de su provincia, el gobernador podía arrestar, torturar y ejecutar según las leyes romanas, aunque nunca a ciudadanos romanos. Pilato vivía habitualmente en la ciudad costera de Cesarea -residencia oficial de gobernadores- y se trasladaba con sus tropas especiales a Jerusalén para las fiestas, pues éstos eran días más propicios para los disturbios y movilizaciones populares. Los miembros de la clase sacerdotal de Jerusalén, máxi­mas autoridades religioso-políticas de Israel, estaban en total connivencia con el poder imperial romano representado por Poncio Pilato.

No corresponde a la realidad histórica la imagen que a veces se da de Pilato como un hombre intelectual, de una cierta altura humana, aunque cobarde. Todos los datos de los historiadores de aquel tiempo -Filón, Flavio Josefo y Tácito, tanto judíos como romanos- confirman la crueldad de Pilato, odiado por los israelitas por sus continuas provo­caciones y situado en tan alto cargo por su estrecha amistad con Sejano, militar favorito del emperador Tiberio y uno de los personajes más influyentes en Roma durante aquellos años.

Conociendo la aversión religiosa que los judíos sentían por las imágenes, Pilato hizo desfilar por las calles de Jerusalén imáge­nes del César Tiberio y las colocó en el antiguo palacio de Herodes el Grande. La presión del pueblo se las hizo retirar. Tam­bién profanó Pilato el santuario en varias ocasiones y robó dinero del Tesoro del Templo para sus construcciones. Por ser Galilea el foco principal de las corrientes antiromanas del país, Pilato perseguía con más saña a los galileos, siempre sospechosos de zelotismo.

5. En Palestina hay solamente dos estaciones en el año, verano e invierno. Se expresa también como calor y frío, sementera y siega. El mes de Kisleu corresponde al noveno mes del año, equivalente a mediados de noviembre-mediados de diciembre. Como Jerusalén es una ciudad situada en el desierto, en invierno llega a bajar mucho la temperatura y no es raro que nieve.

6. En la Torre Antonia, situada junto al Templo y comunicada con los lugares más sagrados del santuario por escaleras interiores, estaba el tribunal o pretorio en donde Pilato juzgaba a los acusados de rebeldía contra Roma y sus leyes. Los juicios no tenían nada que ver con los actuales tri­bunales, por poca justicia que haya en ellos. Las sentencias, que en caso de oposición al imperio siempre podían ser de muerte, dependían únicamente de la voluntad arbitraria del gobernador.

7. Las profanaciones contra la religión de los judíos y la crueldad de Poncio Pilato desencadenaron movilizaciones populares de rechazo y acciones violentas por parte de los zelotes, más organizados para ellas. La dominación romana generó continuos movimientos de resistencia en Israel, la provincia del imperio que más airadamente se rebeló contra el poder romano. El último alzamiento, a finales de los años 60 después de Jesús, terminó con la destrucción de Jerusalén y dio inicio al largo exilio judío, que ha durado hasta nuestros días.

8. Varios textos proféticos y las cartas de Pablo se refieren a la idea del «Mesías colectivo». (Ezequiel 37, 1-14; Isaías 2, 3-5; 9, 2-4; 11,6; 1 Corintios 12, 1-29 y 13-11). Desde el profeta Miqueas (Miqueas 2, 12-13) comienza a abrirse paso en la mentalidad israe­lita la idea de un mesianismo de los pobres, en el que un «resto» del pueblo de Israel, cau­tivo en Babilonia, es el portador de las promesas mesiánicas del Reino (Sofonías 3, 11-13). Jesús, fiel a esta tradición, no pretendió nunca el monopolio de la acción mesiánica. Se reconoció en ese mesianismo pobre y no en el mesianismo triunfalista que esperaban otros sectores de la sociedad de su tiempo.

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